El mercado mundial de Estaciones de Servicio continúa dominado por un puñado de nombres históricos que, pese a los cambios tecnológicos y regulatorios, siguen concentrando una porción significativa de la red global. Según explica Cherif BEL HADJ ALI, quien fuera Key Account Manager de Shell, la petrolera anglo holandesa encabeza el ranking con alrededor de 44.000 estaciones en todo el mundo, seguida por ExxonMobil —a través de sus marcas Exxon, Mobil y Esso— con más de 21.000 puntos de venta. BP mantiene entre 18.700 y 21.200 sitios bajo las marcas BP, Amoco y Aral, mientras que TotalEnergies opera cerca de 16.000 estaciones con su bandera. Chevron, a través de Chevron, Caltex y Texaco, suma unos 19.500 puntos de venta minoristas a nivel global, y Repsol completa el grupo occidental con más de 4.500 estaciones en Europa y América Latina.
A este mapa se suman los gigantes chinos Sinopec y PetroChina, que operan aproximadamente 30.000 y más de 20.000 estaciones respectivamente. En su caso, se trata de redes gestionadas mayoritariamente por empresas controladas por el Estado, reflejo de un modelo donde el dominio del mercado minorista energético sigue siendo una herramienta estratégica de política pública.
Sin embargo, detrás de estas cifras que parecen mostrar continuidad, el negocio de las Estaciones de Servicio atraviesa una transformación profunda. En la última década, las principales compañías petroleras aceleraron un cambio estructural en su modelo downstream: pasaron de poseer y operar directamente miles de estaciones a licenciar sus marcas y externalizar la operación diaria.
La lógica que guía esta estrategia es clara. Las grandes compañías buscan concentrar sus gastos de capital en inversiones de mayor rentabilidad y menor intensidad de carbono —como energías renovables, biocombustibles avanzados, hidrógeno, trading y soluciones energéticas integradas— sin resignar presencia comercial frente al consumidor final. El resultado es un modelo de “marca sin carga”: fuerte visibilidad, control del suministro y de los programas de fidelización, pero sin el costo operativo ni el riesgo de gestionar redes minoristas extensas.
Shell es uno de los casos paradigmáticos. En África, la compañía abandonó sus operaciones en más de 20 países, pero mantuvo su marca mediante licencias de largo plazo. Hoy, Vivo Energy opera más de 2.000 estaciones con la marca Shell en todo el continente, ejecutando la operación local bajo estándares globales. En Australia, Shell vendió todo su negocio downstream a Vitol por 2.900 millones de dólares australianos, incluyendo unos 870 puntos de venta y la refinería de Geelong. Esa red pasó a operar bajo la marca Viva Energy, que continúa comercializando combustibles Shell bajo licencia.
BP siguió un camino similar en mercados europeos como Austria, Países Bajos y Suiza, avanzando en la venta o franquicia gradual de sus redes minoristas, pero conservando acuerdos de marca y suministro. En el norte de Europa, Shell transfirió su negocio minorista en Noruega y Finlandia al grupo ST1, manteniendo la marca Shell en más de 400 estaciones mediante licencias.
ExxonMobil también reconfiguró su presencia en Europa. Muchas estaciones con la marca Esso ya no son operadas por la propia petrolera, sino por grandes licenciatarios como EG Group o DCC Energy, que gestionan la red y el negocio de conveniencia. TotalEnergies, por su parte, avanzó en asociaciones con actores como Q8 (Kuwait Petroleum) y MOL Group en países como Bélgica, Alemania e Italia, conservando derechos de marca, suministro o participación estratégica.
Chevron continúa expandiendo su presencia en Asia y América Latina principalmente a través de modelos de franquicia y licencia, especialmente bajo la marca Caltex. Eni, en Italia y Grecia, reconvirtió gran parte de sus estaciones en sitios operados por concesionarios o franquiciados, reduciendo su exposición directa al negocio minorista tradicional.
Este viraje tiene implicancias profundas para el mercado. En primer lugar, confirma que las grandes petroleras están reasignando capital hacia la transición energética y hacia actividades de alto margen, dejando la operación minorista intensiva en activos en manos de terceros. En segundo término, consolida un modelo donde la marca se convierte en el principal activo: un sello de confianza, calidad y respaldo logístico que puede escalar globalmente sin la necesidad de operar cada estación.
Pero quizás el cambio más relevante sea el empoderamiento de los actores locales y regionales. Son ellos quienes hoy impulsan la transformación concreta de las Estaciones de Servicio: modernizan tiendas de conveniencia, incorporan nuevos servicios, desarrollan propuestas gastronómicas, suman cargadores eléctricos o adaptan la oferta a las particularidades de cada mercado. Ejecutan a nivel local, pero bajo el paraguas de una marca global que garantiza estándares, abastecimiento y reconocimiento del consumidor.
En este esquema, la Estación de Servicio deja de ser solo un punto de expendio de combustibles para convertirse en una plataforma de servicios energéticos y comerciales. El futuro del sector no estará definido únicamente por quién controla más bocas de expendio, sino por quién logra articular mejor esa alianza entre marca global, eficiencia operativa local y capacidad de adaptación a un contexto energético en plena transición.
El mercado mundial de Estaciones de Servicio, lejos de desaparecer, se redefine. Menos petroleras operando directamente, más socios estratégicos, más flexibilidad y una marca que, aun sin estar presente en la gestión cotidiana, sigue siendo el eje del negocio. Ese parece ser el rumbo dominante del downstream global.










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