La COP30, celebrada en Belém, dejó expuesto un punto de quiebre. La transición energética global dependerá, en gran medida, de una nueva generación de combustibles capaces de transformar sectores donde la electrificación aún no ofrece respuestas completas. En ese escenario, América Latina emerge como un actor estratégico cuya combinación de recursos, experiencia e infraestructura no tiene equivalentes en otros bloques.
Con abundancia de biomasa, disponibilidad de energías renovables, décadas de desarrollo en agroindustria energética y un ecosistema tecnológico que crece de manera sostenida, la región se perfila para convertirse en uno de los mayores proveedores de biocombustibles, hidrógeno verde y combustibles sintéticos durante las próximas dos décadas.
El impulso político que aportó Brasil con el Compromiso Belém 4X, la iniciativa que propone cuadruplicar la producción global de combustibles sostenibles hacia 2035, aceleró este reposicionamiento regional. Lo que hasta hace poco era una discusión circunscrita a sectores especializados hoy cuenta con el respaldo de más de ochenta países y con la atención de actores como la Unión Europea.
Aunque persisten diferencias terminológicas, existe consenso en un punto central: la eliminación progresiva de los combustibles fósiles es indispensable para sostener la meta de 1,5 °C. La conversación dejó de girar únicamente en torno a la electrificación para ampliarse a un enfoque multisectorial donde los combustibles sostenibles serán decisivos en la descarbonización de actividades complejas como la aviación, el transporte pesado y la industria.
En este contexto, Paraguay llevó un mensaje particularmente contundente. El ministro del Ambiente y Desarrollo Sostenible, Rolando de Barros Barreto, subrayó que la totalidad de la electricidad del país proviene de fuentes renovables, una ventaja estructural que coloca a Paraguay en una posición única para producir combustibles con baja huella de carbono.
Al mismo tiempo, advirtió que la arquitectura financiera global sigue sin responder a las necesidades de los países en desarrollo, que requieren acceso más directo y ágil a fondos climáticos para escalar la producción de combustibles limpios. Su intervención no solo reafirmó el liderazgo climático del país, sino que también evidenció un punto crítico de la transición: sin financiamiento adecuado, muchos Estados quedarán relegados del nuevo mapa energético.
La especialista en ambiente Lilian Núñez Salas reforzó esta perspectiva al señalar que, pese a los avances, “aún hay mucho por explorar en materia de oportunidades de mejora, especialmente en la implementación de combustibles más limpios y tecnologías de transporte sostenible en el país”. Sus palabras reflejan que Paraguay combina dos elementos clave: una de las matrices eléctricas más limpias del mundo y condiciones excepcionales para el desarrollo de biocombustibles e hidrógeno verde, desde disponibilidad de agua hasta tierras fértiles para biomasa.
Este panorama se integra en un entramado regional en el que cada país aporta capacidades complementarias, configurando un bloque con competitividad creciente frente a Europa, Estados Unidos y Asia, que buscan asegurar su abastecimiento futuro de combustibles sostenibles en volúmenes suficientes para acompañar la descarbonización global.
La postura de la Unión Europea en Belém reafirmó esa tendencia. El apoyo del comisario Wopke Hoekstra al compromiso brasileño mostró que el debate internacional ya no se centra en si la transición debe ocurrir, sino en cómo y con qué tecnologías se llevará adelante. Europa admitió que flexibilizar el lenguaje es necesario para sumar más países, aunque insistió en que la ambición climática no puede diluirse. España, por su parte, fue clara al señalar que la resistencia de algunos Estados responde al peso que aún tienen los hidrocarburos en sus economías, pero remarcó que la transición energética ya está en marcha y que quienes no se adapten corren el riesgo de quedar al margen del nuevo orden energético.














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