Después de 26 años de negociaciones, el Mercosur y la Unión Europea firmaron este sábado en Asunción un acuerdo de libre comercio que dará nacimiento a una de las zonas económicas integradas más grandes del planeta, con una población conjunta de 720 millones de personas y cerca del 25 por ciento del Producto Interno Bruto mundial.
El entendimiento se inscribe en un contexto global marcado por redefiniciones en las cadenas de suministro y una acelerada transición energética, donde la seguridad de abastecimiento y la descarbonización se convirtieron en prioridades estratégicas.
Más allá del impacto en sectores tradicionales como la agroindustria y la industria manufacturera, el acuerdo proyecta efectos relevantes sobre el entramado energético del Mercosur.
En este marco, el presidente de BIOCAP, Massimiliano Corsi, afirmó a Surtidores Latam que el acuerdo UE–Mercosur representa una oportunidad real y concreta para los productores de biocombustibles de la región, no sólo en términos potenciales, sino también prácticos.
Según explicó, Paraguay y otros países del bloque ya exportan combustibles sostenibles al mercado europeo, cumpliendo con exigencias estrictas de calidad, sostenibilidad y certificación, lo que confirma que la industria regional cuenta con capacidad técnica y experiencia comprobada para operar bajo los estándares más exigentes.
Corsi subrayó que el valor diferencial del acuerdo radica en la previsibilidad que puede aportar al comercio energético. La posibilidad de acceder a mejores condiciones arancelarias, cupos definidos y reglas claras permitiría escalar operaciones y planificar inversiones de largo plazo. En un sector intensivo en capital, esta estabilidad resulta determinante para consolidar cadenas de valor orientadas a la exportación.
Desde la visión del sector, el principal desafío no se encuentra en la capacidad productiva, sino en el plano regulatorio. La armonización de estándares, la reducción de costos administrativos y la necesidad de evitar que los criterios de sostenibilidad se transformen en barreras encubiertas aparecen como puntos críticos. No obstante, Corsi destacó que gran parte de esos requisitos ya se cumplen en las exportaciones actuales, por lo que el reto pasa por sistematizar procesos y acelerar la adaptación normativa.
En el segmento del biodiésel, el acuerdo podría consolidar y ampliar flujos comerciales que ya existen entre el Mercosur y Europa, especialmente si se establecen cupos específicos para países como Paraguay. En este mercado, la competitividad y la certificación adquieren un peso mayor que el volumen absoluto, en línea con la lógica de un mercado europeo altamente regulado.
El bioetanol, por su parte, se proyecta como un insumo con margen de crecimiento tanto como combustible directo como dentro de cadenas industriales y energéticas más amplias. En un contexto europeo que busca diversificar su matriz de proveedores y reforzar su seguridad energética, el bioetanol sudamericano emerge como una alternativa confiable y alineada con los objetivos climáticos del bloque.
Sin embargo, es el combustible de aviación sostenible, conocido como SAF, el que concentra las mayores expectativas a mediano plazo. La Unión Europea ya definió mandatos obligatorios de uso de SAF, generando una demanda estructural creciente. América del Sur reúne ventajas comparativas relevantes, como la disponibilidad de materias primas, la experiencia industrial acumulada y el acceso a energía renovable competitiva, factores que la posicionan como un actor potencialmente clave en esta nueva cadena global.
Para capitalizar estas oportunidades, el sector deberá avanzar en el escalamiento y la estandarización de procesos, garantizando trazabilidad completa de la cadena, certificaciones reconocidas por la Unión Europea y el cumplimiento de normativas como la regulación anti-deforestación. De acuerdo con Corsi, no se trata de un problema de capacidad técnica, sino de velocidad de adaptación, costos y una coordinación más eficiente entre el sector público y privado.














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