El proyecto del Gasoducto Bioceánico sigue generando impulso, ya que esta semana se realizó una reunión entre autoridades energéticas de Paraguay y Argentina, en la que se analizaron los principales lineamientos técnicos y políticos de una iniciativa que podría redefinir el mapa energético sudamericano.
El encuentro, realizado de forma virtual, estuvo encabezado por el viceministro de Minas y Energía de Paraguay, Mauricio Bejarano, y el director de Hidrocarburos, Julio Albertini, junto al subsecretario de Hidrocarburos argentino, Federico Veller, y representantes del Ente Nacional Regulador del Gas.
La hoja de ruta discutida incluyó el cronograma de trabajo previsto para 2026, alternativas técnicas para el transporte del gas y los primeros consensos sobre el trazado que permitirá llevar gas natural desde la cuenca de Vaca Muerta hasta Brasil, atravesando territorio paraguayo. El objetivo declarado es avanzar hacia una integración energética regional más robusta, aprovechando las ventajas comparativas de cada país.
Cabe destacar que dicho proyecto espera tener una extensión total de aproximadamente 1.050 kilómetros y una inversión estimada en torno a los 2.000 millones de dólares. El trazado contempla un tramo inicial en el norte argentino, seguido por más de 500 kilómetros a través del Chaco paraguayo y una conexión final con la red brasileña hasta empalmar con el Gasbol, uno de los principales sistemas de transporte de gas del país vecino.
Para Paraguay, se trata de una oportunidad para abandonar su histórico rol periférico en materia energética y posicionarse como corredor logístico y energético del Mercosur. En palabras de Albertini, expresadas durante la X Semana de la Energía de Olade en Santiago de Chile, la iniciativa podría convertirse en el “canal de Panamá del gas latinoamericano”, al conectar grandes polos de producción y consumo.
Asimismo, Argentina busca monetizar el potencial de Vaca Muerta y consolidarse como proveedor confiable de gas natural en la región. Brasil, por su parte, apunta a diversificar su matriz energética y garantizar el suministro para una demanda que, según estimaciones oficiales, podría duplicarse en la próxima década, especialmente en estados industriales como Mato Grosso do Sul.
En este sentido, Paraguay aparece como el principal beneficiario indirecto. El país podría percibir ingresos por el canon de tránsito, incorporar gas natural a su matriz energética y utilizar el ducto como ancla para atraer inversiones industriales al Chaco, en sectores intensivos en energía como el cemento, los fertilizantes y la siderurgia.
El avance del Gasoducto Bioceánico también podría tener implicancias geopolíticas. Bolivia, histórico proveedor de gas del Cono Sur, observa con preocupación un proyecto que podría desplazarla como actor central. La caída sostenida de su producción y exportaciones contrasta con la propuesta de una ruta más directa y moderna, sin intermediarios.
Al mismo tiempo, frente a la creciente presencia de China en el sector energético regional y al interés persistente de Estados Unidos, el eje Argentina–Brasil–Paraguay busca consolidar un corredor propio que refuerce la integración regional y reduzca dependencias externas.
Cabe mencionar, que desde el sector privado paraguayo se advierten sobre los elevados costos del tramo local, mientras que organizaciones vinculadas a las energías renovables alertan sobre el riesgo de apostar por infraestructura fósil en un contexto de transición energética.
El propio viceministro Bejarano reconoció recientemente a Surtidores Latam que el desafío pasa por lograr un equilibrio entre integración energética, competitividad y sostenibilidad. “La energía ya no es solo un recurso: es una herramienta de política internacional y de desarrollo industrial”, afirmó.














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