Este 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión para el sector energético internacional. Sin consignas ideológicas ni lecturas partidarias, el reordenamiento que comienza a delinearse alrededor del petróleo responde a una lógica estrictamente económica, estratégica y de largo plazo. Así lo analiza Ramsés Pech, ingeniero químico, especialista en procesos petroquímicos y analista del sector energético, quien sostiene que la reciente conferencia de prensa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó el nacimiento de un nuevo orden geopolítico en el mercado de los hidrocarburos, con efectos que se proyectarán durante las próximas décadas.
Según Pech, el anuncio de Washington de incrementar la infraestructura, las inversiones y la capacidad productiva de Venezuela no es un gesto aislado. Se trata de una estrategia integral que combina política exterior, seguridad energética y control macroeconómico. Venezuela, con sus enormes reservas de crudo pesado —plenamente compatibles con las refinerías estadounidenses—, se convierte en una pieza central para garantizar petróleo abundante y barato. El objetivo final, advierte el especialista, es claro: sostener bajos los precios de los combustibles en Estados Unidos, contener la inflación y crear las condiciones necesarias para una eventual reducción de las tasas de interés, uno de los ejes centrales del discurso económico de Trump.
Este movimiento, sin embargo, genera fuertes reacomodamientos regionales. Para Pech, uno de los países más expuestos a este cambio es México. El fortalecimiento del vínculo energético entre Estados Unidos y Venezuela transforma al país sudamericano en un competidor directo por las inversiones de las empresas norteamericanas. Capitales que podrían haberse canalizado hacia proyectos mexicanos —ya sea mediante contratos mixtos o nuevos esquemas de participación en la extracción de hidrocarburos— podrían ahora redirigirse hacia Venezuela, donde la administración Trump ofrece respaldo político, apoyo financiero y mayor certidumbre regulatoria.
Las consecuencias para México no son menores. La estrategia oficial proyecta alcanzar hacia 2030 una producción cercana a los 1,8 millones de barriles diarios, priorizando el mercado interno y reduciendo de manera sustancial las exportaciones. En ese esquema, el país no vendería al exterior más de 400.000 barriles diarios, de los cuales unos 150.000 estarían comprometidos con destinos específicos. Pech advierte que, si Estados Unidos incrementa de forma significativa su abastecimiento desde Venezuela, podría prescindir en parte del crudo mexicano, obligando a Pemex a colocar su producción en otros mercados con mayores descuentos, lo que impactaría directamente en sus finanzas.
Hoy, Pemex depende de manera crítica del mercado local y de las exportaciones. La venta de gasolinas y diésel representa alrededor del 41 por ciento de sus ingresos; las exportaciones de crudo, que ya cayeron de más de un millón a menos de 500.000 barriles diarios, aportan cerca del 19 por ciento; y el resto se completa con la colocación de combustóleo en mercados externos. En este contexto, cualquier modificación adversa en los flujos comerciales internacionales profundiza la fragilidad económica de la empresa estatal.
El reordenamiento también impacta de lleno en China. De acuerdo con el análisis de Ramsés Pech, cerca del 80 por ciento del petróleo que hoy exporta Venezuela tiene como destino el gigante asiático, principalmente como forma de pago de la deuda contraída en años anteriores. Si la nueva administración venezolana —con una fuerte influencia de Estados Unidos— decide redireccionar una parte relevante de esos volúmenes hacia el mercado norteamericano, China se verá forzada a renegociar las condiciones de cobro. Ese proceso podría derivar en una mayor dependencia del crudo ruso, que debería ofrecer precios aún más descontados para sostener su posición como proveedor estratégico.
Este juego de intereses confirma que el petróleo sigue siendo una herramienta central de poder global. La eventual renegociación de la deuda venezolana con China, la redistribución de los flujos comerciales y la posible reconfiguración de alianzas dentro de la OPEP y la OPEP+ anticipan un escenario dinámico. Pech no descarta que Venezuela termine convirtiéndose en un aliado clave de Estados Unidos dentro del cartel petrolero, una situación que modificaría de manera sustancial los equilibrios internos del organismo.
El impacto trasciende América Latina. Europa, que ya decidió dejar de comprar gas natural ruso a partir de 2027 y profundizar sus importaciones desde Estados Unidos, también forma parte de este nuevo orden energético. La convergencia de intereses entre Washington, ciertos países de Medio Oriente y una Venezuela reconfigurada refuerza la idea de un bloque energético alineado, con capacidad para influir tanto en precios como en flujos de inversión.
En este contexto, cobra relevancia la advertencia de la Agencia Internacional de la Energía, que ubica el pico de utilización de los combustibles fósiles recién hacia 2050. Para Pech, las decisiones que se tomen en esta década serán determinantes para definir qué países y qué empresas llegarán fortalecidos a esa transición. Apostar exclusivamente a la autosuficiencia energética, sin una estrategia clara de integración a los mercados globales, puede transformarse en un riesgo para las compañías estatales cuya estructura de ingresos depende del comercio internacional.
La conclusión es contundente: la energía no responde a ideologías ni a ciclos políticos. Responde a inversión, planificación y visión de largo plazo. Estados Unidos parece haberlo entendido al avanzar sobre el control estratégico del petróleo venezolano para garantizar combustibles baratos, estabilidad macroeconómica y mayor atractivo para la inversión extranjera. América Latina, y especialmente México, enfrenta ahora el desafío de adaptarse a un tablero que vuelve a reordenarse, con Venezuela como actor central y un nuevo régimen geopolítico en plena construcción.














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