La elección de una fuente de energía para el transporte y las operaciones comerciales exige evaluar más que el precio de compra. En Colombia, las diferencias entre combustibles y electricidad también están marcadas por la evolución de sus tarifas, la exposición a las fluctuaciones del mercado y la posibilidad de anticipar los costos. En un análisis compartido con Surtidores LATAM, Giovany Romero compara cinco alternativas, diésel, gasolina, gas licuado de petróleo, gas natural vehicular y electricidad, utilizando el kilovatio-hora útil como unidad común de referencia.
El especialista identificó al diésel como la opción de menor costo por kWh útil, aunque con una particularidad: su precio está regulado. Para profundizar la comparación, incorporó la evolución de los valores durante los últimos 12 meses y encontró diferencias importantes entre los energéticos. El GNV registró una variación aproximada del 30%, la electricidad del 18% y tanto la gasolina como el diésel regulado mostraron movimientos cercanos al 6%.

Sin embargo, la magnitud de esas variaciones no alcanza por sí sola para determinar qué alternativa ofrece mayor seguridad económica. Romero compara la volatilidad de cada energético con el margen que tiene su precio para aumentar antes de igualar el costo de la gasolina por kWh útil. De acuerdo con sus cálculos, el diésel dispone de un margen del 84%, mientras que la electricidad y el GLP alcanzan el 37%. Para el GNV, la diferencia es considerablemente menor: apenas el 26%.
La relación entre esas cifras expone un punto de atención para quienes evalúan el gas natural vehicular. Su variación de aproximadamente el 30% durante el último año supera el margen del 26% que lo separa del costo de la gasolina en la comparación realizada. En palabras del análisis, si se repitiera un movimiento de esa magnitud, la ventaja económica del GNV podría desaparecer. Romero aclara que el comportamiento pasado no necesariamente anticipa la volatilidad futura, pero permite construir escenarios para medir riesgos.
Ante esa exposición, una de las herramientas que menciona es la contratación bilateral de energía a largo plazo, en lugar de depender exclusivamente del precio spot. Este tipo de acuerdo puede aportar previsibilidad sobre una parte del costo, según las condiciones pactadas. Para las empresas con consumos energéticos importantes, la posibilidad de anticipar valores y planificar compras puede resultar tan relevante como identificar la alternativa más barata en una comparación puntual.

El análisis también contempla instrumentos financieros para administrar las fluctuaciones. Romero señala los futuros de energía eléctrica negociados a través de Derivex y los swaps o futuros vinculados con referencias internacionales, como el diésel de ultra bajo azufre y el propano. Su utilidad depende de la disponibilidad de esos instrumentos, las condiciones contractuales y la correspondencia entre la referencia cubierta y el costo que enfrenta efectivamente cada empresa.
Otra variable es la exposición cambiaria. Debido a que una parte importante de los precios energéticos está vinculada al dólar, Romero incorpora la cobertura de moneda entre las herramientas para gestionar el riesgo. A su vez, menciona los acuerdos de compra de energía a largo plazo y la autogeneración solar como opciones para fijar una porción del gasto eléctrico. La conveniencia de cada mecanismo dependerá del perfil de consumo, la estructura de costos y las condiciones de contratación de cada operación.
Para los empresarios del sector de combustibles, la comparación plantea una cuestión concreta: una ventaja de precio puede ser menos sólida de lo que parece si está acompañada por una elevada volatilidad. La evaluación de cada energético requiere, por tanto, observar en conjunto el costo por unidad útil, los movimientos de precios y las herramientas disponibles para limitar la exposición financiera.






