Una farmacia alemana, una tienda del tamaño de un supermercado y una estación cuyo primer diseño fue dibujado sobre la tierra con un clavo tienen algo en común: forman parte de la historia del abastecimiento de vehículos. Aunque las separan miles de kilómetros y más de un siglo de transformaciones, todas muestran que una Estación de Servicio puede dejar una huella que va mucho más allá de los litros vendidos.
El recorrido comienza en Wiesloch, Alemania. En 1888, Bertha Benz necesitó combustible durante su viaje entre Mannheim y Pforzheim y lo consiguió en un lugar que hoy resultaría inesperado: una farmacia. Allí compró ligroína, un solvente que podía utilizarse para alimentar el motor del vehículo desarrollado por su esposo, Carl Benz.
Aquella operación convirtió a la farmacia en un sitio reconocido como la primera Estación de Servicio del mundo. No tenía surtidores, playa de carga ni una tienda. La venta respondió a una necesidad concreta de una conductora que debía seguir viaje y terminó incorporándose a la historia del automóvil.

En Estados Unidos, otra historia permite observar la continuidad de la actividad. Reighard’s, ubicada en Altoona, Pensilvania, opera desde 1909, según informa su propietaria, Martin Oil. La compañía la presenta como la estación más antigua del país en funcionamiento continuo.
Su permanencia atraviesa distintas etapas del negocio, desde los primeros años de expansión del automóvil hasta un mercado donde conviven combustibles, medios de pago digitales y nuevas demandas de atención. El atractivo está en esa continuidad: un establecimiento que lleva más de un siglo formando parte de la vida de su comunidad.
Pero si algunas estaciones llaman la atención por su antigüedad, otras lo hacen por sus dimensiones. En Luling, Texas, Buc-ee’s identifica a su local como la tienda de conveniencia más grande del mundo. Tiene unos 7.023 metros cuadrados.
La cifra corresponde exclusivamente a la tienda, no a todo el predio. Esa escala permite pensar la parada desde otro lugar: el espacio comercial adquiere un protagonismo propio y puede transformarse en una razón para elegir dónde detenerse. Para el sector, el caso ofrece una referencia sobre cuánto puede crecer el negocio que acompaña al combustible.
La misma cadena suma otra curiosidad en Katy, también en Texas. Allí funciona un lavadero con una cinta transportadora de 77,7 metros, que Buc-ee’s presenta como el más largo del mundo. Un servicio habitual de las estaciones se convierte así en un elemento de identidad y en un atractivo para quienes recorren la ruta.
La arquitectura también tiene su lugar en este recorrido. En Cloquet, Minnesota, la estación Lindholm fue construida en 1958 a partir de un proyecto de Frank Lloyd Wright, el célebre arquitecto del Museo Guggenheim de Nueva York. Según la entidad dedicada a preservar su obra, es la única Estación de Servicio realizada a partir de sus diseños.

El edificio demuestra que una instalación destinada al abastecimiento también podía formar parte de una propuesta arquitectónica. Su singularidad terminó otorgándole un valor que excede su función original y la convirtió en una referencia para los interesados en la obra de Wright.
En Skovshoved, Dinamarca, Arne Jacobsen dejó otra muestra de ese vínculo entre diseño y actividad comercial. Su estación se reconoce por una cubierta ovalada sostenida por una columna, una forma sencilla y distintiva que le dio un lugar entre las obras del funcionalismo danés.
La construcción permite ver cómo el techo, además de proteger el área de atención, puede definir la imagen de todo un establecimiento. En este caso, la identidad arquitectónica logró que una pequeña estación trascendiera su entorno y se incorporara al patrimonio del diseño.
Sobre la histórica Ruta 66, en Shamrock, Texas, Tower Station y U-Drop Inn Café tienen un origen particular. John Nunn trazó su idea inicial sobre la tierra con un clavo. Después, el arquitecto Joseph Berry desarrolló los planos de un edificio que abrió en 1936 y se destacó por sus detalles art déco.
El conjunto reunió una estación y un café, anticipando una combinación que se volvería habitual en las rutas. Con el tiempo fue restaurado y pasó a utilizarse como centro de visitantes, sede de la Cámara de Comercio y espacio comunitario. La antigua parada conserva así una función vinculada con quienes llegan a conocer la ciudad.
El último caso lleva el recorrido a Londres y a una transformación más reciente. En Fulham, Shell retiró los surtidores de nafta y gasoil de una estación existente y la convirtió en un centro dedicado exclusivamente a la recarga de vehículos eléctricos.
Inaugurado en 2022, fue el primer establecimiento de la compañía reconvertido íntegramente para ese uso. El sitio británico de Shell describe nueve puntos de carga de 175 kW. La curiosidad está en el cambio de actividad dentro de un espacio que mantuvo su propósito de atender la movilidad.
En Argentina, las estaciones del ACA tienen un “muñeco” que orientaba a los viajeros. Como parte del plan desarrollado junto con YPF desde 1936, el arquitecto Antonio Ubaldo Vilar diseñó una señal que representa a un agente de tránsito con el brazo extendido. La cabeza lleva la insignia del club y el cuerpo muestra el tramo del camino hasta la próxima estación. Además de identificar dónde cargar combustible, aquella figura ayudaba a encontrar la siguiente parada en tiempos sin GPS.
Desde aquella compra en una farmacia hasta las grandes tiendas y los centros de carga eléctrica, estos casos muestran distintas maneras de responder a una misma necesidad: ofrecer una parada útil para continuar el camino. Algunos lo consiguieron mediante la atención sostenida durante décadas; otros, con arquitectura, escala comercial o nuevos servicios. En todos, la estación terminó construyendo una identidad que sus clientes y visitantes pueden reconocer.






