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Comparación

¿Son realmente diferentes los combustibles que se venden en Argentina?

Especialistas explican que las diferencias de calidad son muy pequeñas y casi imperceptibles para el motor. Aseguran que la percepción del consumidor muchas veces es mayor que la distancia técnica real.
Son realmente diferentes los combustibles que se venden en Argentina

La elección de dónde cargar combustible suele estar atravesada por experiencias personales. Algunos automovilistas aseguran que una opción rinde más, que el motor responde mejor o que determinado producto justifica pagar un precio superior.

Sin embargo, cuando la comparación se hace entre productos del mismo tipo y bajo una misma especificación, las variaciones son mucho menores de lo que suele imaginar el usuario. Esa es la principal conclusión que surge del análisis de Carlos Mendizábal, expresidente de Mobil Argentina, y exdirector de Esso Petrolera, además de docente y analista del Instituto de Energía de la Universidad Austral.

En diálogo con Surtidores, el especialista explicó que las normas establecen máximos y mínimos que todos los productos deben cumplir. Ese margen puede generar pequeñas diferencias entre compañías e incluso entre distintos lotes de producción, pero sin alterar sustancialmente el comportamiento del vehículo. “Son prácticamente imperceptibles para los motores y para los usuarios”, afirmó.

Un ejemplo concreto aparece en la nafta grado 2. La especificación exige un mínimo de 93 RON -Research Octane Number, índice que mide el octanaje y la resistencia de la nafta a la detonación-, aunque la mayoría de las compañías adopta 95 RON como estándar interno, es decir, un nivel superior al piso requerido.

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Mendizábal señaló que esa disparidad acotada puede ayudar a explicar por qué algunos consumidores perciben un comportamiento distinto entre productos, aunque aclaró que el efecto es realmente marginal.

También pueden existir variaciones en las formulaciones y, especialmente, en los paquetes de aditivos que utiliza cada empresa. Eso puede hacer que una persona sienta que un combustible rinde un poco más o que el motor responde mejor después de determinada carga.

Pero esa “sensación”, advirtió, no resulta sencilla de reproducir en estudios realizados bajo condiciones controladas. Para el especialista, existe una prueba bastante directa de hasta dónde llegan esos contrastes: si fueran significativos y demostrables, las propias petroleras serían las primeras interesadas en comunicarlos.

A esto se suma un dato poco conocido por el consumidor. Por razones logísticas o para reducir costos de transporte, entre las compañías existen compras, ventas e intercambios de productos terminados. También circulan volúmenes importados junto con otros de producción local.

Eso significa que la identificación comercial que encuentra una persona en el surtidor no necesariamente implica que todo el combustible haya tenido un origen productivo exclusivo de esa empresa. Esto no elimina las diferencias de formulación o de posicionamiento que pueda desarrollar cada petrolera, pero permite comprender que la cadena de abastecimiento es más compleja de lo que puede sugerir la marca que identifica a una estación de servicio.

Las terminales automotrices aportan otra referencia. Los fabricantes no exigen cargar combustible de una compañía determinada. Pueden existir acuerdos de recomendación entre terminales y petroleras, pero Mendizábal explicó que esas vinculaciones tienen un componente principalmente comercial.

“No tendría sentido que un fabricante pusiera en riesgo el desempeño de sus vehículos por el combustible con el que funcionan”, sostuvo.

El entrevistado aclaró que no todos los productos disponibles son iguales. Las discrepancias objetivas aparecen cuando cambian las especificaciones. Mendizábal mencionó como ejemplo un gasoil grado 3, con 10 partes por millón de azufre, comercializado dentro del segmento del grado 2. En ese caso sí existe una característica técnica concreta respecto de otros productos de la misma franja.

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La industria también trabaja para construir una identidad propia alrededor de opciones técnicamente similares. Las petroleras invierten recursos en nuevos desarrollos, formulaciones, aditivos, marketing y comunicación para destacar atributos particulares y diferenciar sus propuestas.

De ahí que definió ese proceso como el intento de “descomoditizar un commodity”. Según sostuvo, las compañías logran construir una percepción de diferenciación, posicionar sus productos y, en algunos casos, obtener un precio mayor por un combustible similar.

Para el cliente de una estación de servicio, la recomendación final es mucho más simple: utilizar la especificación indicada por el fabricante del vehículo, ni más ni menos. Cargar una superior a la requerida por el motor, si no está exigida, puede significar gastar más sin obtener un beneficio concreto. Elegir una inferior, en cambio, sí puede afectar el funcionamiento, el rendimiento y eventualmente la vida útil.

La clave, entonces, no está en asumir que todas las marcas ofrecen exactamente el mismo producto, sino en distinguir entre las diferencias que responden a parámetros técnicos y aquellas que forman parte de la percepción o del posicionamiento comercial de cada producto.

Siempre que se trate de combustible genuino y que cumpla con la normativa, las diferencias de calidad entre marcas dentro de una misma especificación son muy pequeñas y, en casi todos los casos, la diferencia que dice sentir el consumidor es mucho mayor que la que percibe el motor”, concluyó Mendizábal.

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