El acuerdo anunciado entre Estados Unidos y Venezuela puede modificar la distribución del poder energético en el hemisferio occidental. La iniciativa contempla el desarrollo de 17 campos estratégicos y más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas, además de inversiones privadas que superarían los US$100.000 millones.
Para Ramses Pech, especialista energético, el alcance de la operación excede ampliamente el plano comercial. “El anuncio del 29 de agosto de 2026 marca un punto de inflexión en la historia energética mundial”, sostuvo Pech a Surtidores, quien consideró que el entendimiento representa la consolidación de una estrategia estadounidense orientada a utilizar la energía como instrumento de poder global.
Según su análisis, la magnitud de las reservas involucradas constituye uno de los elementos más importantes de la operación. “Estados Unidos más que duplica sus reservas probadas de crudo”, señaló, al dimensionar el efecto que tendría el acceso mayoritario a los recursos venezolanos.
El esquema planteado contempla que Venezuela abra sus principales yacimientos, mientras el capital privado aporte los recursos necesarios para recuperar la producción. El experto sintetizó el modelo en una fórmula: “Venezuela abre sus yacimientos, el capital privado los desarrolla y Estados Unidos más que duplica sus reservas probadas de crudo”.

La estructura también adquiere importancia por las características del petróleo venezolano. Buena parte de sus reservas corresponde a crudos pesados, compatibles con determinados complejos de refinación estadounidenses ubicados en la costa del Golfo de México.
Para Pech, allí aparece uno de los componentes centrales de la operación: “El corazón del acuerdo es simple y contundente: Venezuela abriría sus yacimientos más valiosos; Estados Unidos obtendría control mayoritario; los operadores privados aportarían más de cien mil millones de dólares en inversión; y el Estado venezolano recibiría doscientos nueve mil millones en tributos”.
El impacto, por lo tanto, no se limitaría a incrementar la disponibilidad de reservas. La combinación entre producción, tecnología, refinación y logística podría generar una cadena integrada alrededor del crudo venezolano.
Pech identifica cuatro elementos que, a su juicio, explican la dimensión estratégica del entendimiento: el acceso directo a reservas fuera del territorio estadounidense, la capacidad tecnológica y logística para procesar crudos pesados, la participación de capital privado y la posibilidad de aumentar la influencia de Washington sobre los flujos internacionales de petróleo y gas.
“La operación se realiza mediante una alianza con empresas privadas, sin costo para el contribuyente estadounidense”, destacó el especialista.
Si el desarrollo de los campos logra traducirse en un incremento significativo de la producción, el movimiento podría modificar los flujos de crudo en América Latina. México y Canadá, particularmente en sus exportaciones de petróleo pesado hacia las refinerías estadounidenses, podrían enfrentar una mayor competencia.

Brasil también podría verse afectado por una eventual expansión de la oferta venezolana. Su crecimiento productivo y su fuerte orientación exportadora hacen que cualquier modificación importante en los precios internacionales pueda repercutir sobre sus ingresos y sobre el destino de sus barriles.
El efecto sobre los combustibles, sin embargo, no sería inmediato. El volumen de reservas bajo tierra no equivale a producción disponible en el corto plazo. Recuperar la capacidad petrolera venezolana requerirá inversiones, infraestructura, equipos y tiempo.
Para las estaciones de servicio, esa distinción resulta fundamental. Una eventual mayor oferta de crudo puede influir sobre las cotizaciones internacionales, pero el precio que paga el consumidor también está determinado por la refinación, los costos logísticos, los impuestos y los márgenes de comercialización.
El análisis de Pech apunta, además, hacia una transformación del equilibrio entre los grandes actores del mercado. “Washington buscaría influir sobre la energía: abrir válvulas, cerrar flujos, estabilizar precios y definir quién recibe petróleo y gas”, planteó.
Desde esa perspectiva, Venezuela podría convertirse nuevamente en uno de los grandes proveedores internacionales, aunque dentro de una estructura productiva con una participación estadounidense mucho mayor.
La consecuencia regional podría ser especialmente relevante si el país recupera una parte sustancial de su producción y aumenta sus exportaciones. Una mayor disponibilidad de crudo pesado podría modificar los diferenciales de precio, las rutas comerciales y la competencia entre productores del continente.
Pech mencionó que el movimiento también podría reducir el margen de influencia de otros grandes compradores internacionales. “El acuerdo consolida la doctrina de control energético: Washington asegura la oferta del hemisferio”, afirmó.
Para México, el especialista advirtió que el desafío va más allá del precio de los combustibles. Una mayor concentración de reservas, refinación, almacenamiento y logística podría incrementar la dependencia regional respecto de las decisiones adoptadas en Estados Unidos.





